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11:19h. Jueves, 17 de octubre de 2019

El amor nace de nuestra Tierra que nos cuida quiere, procedamos del mismo modo con ella.

Concentración en la Plaza de Los Reyes el 27 de septiembre
Concentración en la Plaza de Los Reyes el 27 de septiembre

Ayer asistí junto a mis compañeros de Unidas Podemos, al acto en contra del cambio climático mundial, mi experiencia como terrícola, habitante de este hermoso planeta está fundamentada en mis primeros pasos como niño, tuve la suerte de pequeño vivir en un pueblecito de la sierra norte de Sevilla, aún siento y recuerdo ese olor característico a la tierra fértil, llena de vida, el campo, los animales, mi experiencia fue muy espiritual, ver el diseño natural de las plantas, los animales, las abejas, incluso las serpientes, un todo que encajaba de forma precisa.

Mi curiosidad de pequeño me hacía explorar y observar la vida de los animales, de algún modo en mi mente se hacia la imagen de un creador, entendiendo que era pequeño y estuve separado de la observancia religiosa, mi pasión por la vida natural y sus actores de vida engendraba en mí la idea de un dios bondadoso al ver tantas maravillas que mis ojos empezaran a descubrir día a día.

Aún recuerdo cuando vi el primer nacimiento de un chivito, ver como su madre lamía su piel húmeda, como de forma tímida empezaba a caminar, descubrir por primera vez el nacimiento de unos pollitos y en mi observancia ver como la mamá de los pollitos cuidaba y protegía a su prole, al tiempo de ello sentir sus picotazos en mis rodillas al acercarme a los infantes polluelos, ese celo de cuidado y protección me cautivaba, quizás empezaba a entender de alguna manera el verdadero significado del amor, ese sentimiento que nos permite avanzar con la irrenunciable pasión de cuidar de nuestros congéneres.

Vi muchas cosas para mi mágicas de niño, no teníamos consolas y videojuegos, el tiempo pasaba muy despacio pero procuraba desde mi niñez comprender el mundo donde me hallaba, en los pueblos la gente es muy diferente a la gente de la ciudad, la humidad campesina y la vida campestre hace que la gente goce de un buen carácter, tanto es así que todo el mundo se conocía y de alguna manera se sentía una seña de identidad protectora, cuando alguien enfermaba todos se preocuban y de forma amable se acercaba la gente a preguntar.

Esa experiencia que sentí de niño se vio atenazada al ir a la ciudad, acostumbrado a ver latifundios de espesuras vegetales, al ver el cemento de la metrópolis, creó en mí una sensación de falta de libertad, una forma de opresión, en cuento mi mente se sentía oprimida por falta del verde vegetal, echaba de menos ese olor de la tierra, extrañaba incluso lo que a muchos le parecería desagradable como es el olor a estiércol deribado del rebaño de mis cabras.

Los niños y los animales siempre se entiende, al menos a mí me resultó fácil encontrarme con ellos y sentir de forma mutua  empatía, las cabras de mi abuelo tenían nombre propio, eran bien tratadas, con respeto y amor, las gallinas vivían libres con su recorrido habitual por las lindes de mi casa, era un ecosistema dentro de otro ecosistema, sentía que los animales eran parte de mi familia y que de alguna manera su generosidad con la leche y los huevos era fruto de una simbiosis de cuidados mutuos.

Aún recuerdo un polluelo de gorrión que crie con amor y cariño en la capital de Sevilla, al crecer era un amigo inseparable, un día lo llevé a la calle y lo solté y alzó el vuelo, pero él regresó a mí de nuevo, en ese momento recuerdo que sentí algo especial, algo que me hacía sentir que de alguna manera humanos y animales tenemos la facultad de sentirnos parte de una familia. Pichín, como lo llamaba, lo llevé un día al pueblo, repitiendo la misma escena de la ciudad, Pichín alzo el vuelo, pero esta vez no regresó a mis hombros, esta vez su adiós fue para siempre, siempre pensé que mi amigo inseparable nunca se sintió libre en la ciudad y volvía a mi como la necesaria vuelta a su compañero de celda, ese día entendí que de alguna manera nuestra vida en la ciudad es similar al sentimiento de ese pequeño gorrión.

Vivir en Ceuta no supuso sentirme oprimido por el cemento, cuando llegué descubrí la inmensidad del mar, sus olas, sus peces, las gaviotas, animales que nunca tuve la oportunidad de conocer, bucear por primera vez y ver los erizos de mar, el pez mula, los pulpos, me zambullía una y otra vez para admirar esa vida marina que me hechizaba por completo. Vivir en Ceuta me hizo descubrir sitios maravillosos como es el pantano, sus montes, está muy claro que Ceuta no es una zona rural, pero en cierta medida me recodaba mucho a mi pueblo, el mar expandía mi mente y mis sentimientos, en mi adolescencia rebelde ya no entendía esa figura del creador, andaba enfadado al ver guerras y destrucción, ya empezaba a ver la maldad de las guerras y el poder de destrucción del ser humano, culpaba de todo ese mal al creador, sin entender que el problema reside en ese mal engendrado del egoísmo y la renuncia de la humanidad a su función principal en este hermoso planeta (el cuidado y conservación de ese legado). Con el tiempo las circunstancias cambiaron, me reconcilie con lo que de niño era mi admiración de esa figura del creador, sintiendo de alguna manera que el motor de todo cambio es el amor y la generosidad, desde una ciudad cerrada en sus fronteras y construida como una cárcel me sentía libre, porque el mar y sus gentes me hacían sentir libre, de alguna manera ese sentimiento lo trae las circunstancias, la gente que te rodea y el ambiente.

Tengo claro que el cambio climático empieza por sentir amor al mundo natural que engendró la vida y sus maravillas, si no entendemos nuestro propósito en la vida como cuidadores de nuestro planeta jamás vamos avanzar, esto es responsabilidad de todos, empezando por un sistema educativo que engendre en nuestros más jóvenes dicho amor. Espero y deseo que estas nuevas generaciones donde han nacido con las nuevas tecnologías entiendan el verdadero propósito del hombre en la tierra, no estamos aquí para consumir sin mas fin que seguir consumiendo y contaminando, contaminando la herencia que tenemos de la creación, la de ser parte de la creación precursora de la vida, custodios de un legado sapiencial lleno de la fertilidad que procesa nuestra madre naturaleza. Todo ello pasa por repoblar nuestros pueblos, crear un modelo sostenible fuera del egoísta modelo de consumo, empoderando la vida de las personas y de nuestra naturaleza, si no se cambia de modelo productivo y de modelo social no se puede luchar contra el cambio climático, es necesario primero que cambemos cada uno de nosotros y que en nuestra lucha consigamos transmitir ese deseo de cambio.

Narro esta parte de mi vida para compartir mis experiencias, mi forma de ver el ecologismo pasa por esa sensación que tuve en la metrópolis, la gente se marchó del paraíso al infierno, con el engaño de un falso progreso, las metrópolis y su atracción han hecho de nuestro país lo que hoy se llama la España Vaciada. En mi experiencia vi ese ecologismo rural, aprendí a amar y respetar a los animales, actualmente ya no como carne, de alguna manera siento que tengo o tenemos que cambiar nuestros hábitos para empezar un nuevo camino en el horizonte de la raza humana, pienso y creo firmemente, que el capitalismo es ese gran monstruo que depreda nuestra amada Tierra. Pienso al ver como deforestan la selva amazónica la crueldad más palpable de ese capitalismo, con la tristeza de ver cómo la gente pudiera apoyar a representantes públicos como Bolsonaro que, de forma malévola destruye algo de todos.

En los 80 cuando comprábamos una botella de leche su envase era de cristal, ahora son de plástico, recuerdo que cuando íbamos a comprar gaseosa teníamos que llevar el casco usado donde por entregarlo obtenías un descuento del precio total, tuvimos tiempos no muy lejanos donde hacíamos ciertas cosas muy bien, desde entonces hasta ahora todo ha ido muy mal, el consumo de agua embotellada en plástico, las bolsas de plástico, muchos envases de hoy que contaminan de forma exponencial.

Para cambiar todo esto es necesario cambiar este modelo capitalista de consumo irracional, pero vuelvo a insistir que las materias contaminantes no contaminan por si solas, el gatillo del arma homicida lo disparamos entre todos y todas, es necesario primero crear una conciencia colectiva que luche contra aquellos que nos entregan esa arma cargada de veneno. No volvamos a ser los que disparemos sus armas de contaminación, el veneno que mata nuestro hermoso planeta lo hace también con nosotros y nuestros hijos, avanzar es de todos y todas.